Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
02 de diciembre de 2017 - Adviento: un llamado a la vigilancia PDF Imprimir E-mail

Bookmark and Share

ADVIENTO: UN LLAMADO A LA VIGILANCIA

Comenzamos este domingo el tiempo de Adviento en preparación a la Navidad. La liturgia se mueve entre la llegada de Jesús en la historia, en Belén, y su segunda venida al final de los tiempos. De su primera venida conocemos la fecha, hay testigos de su presencia, de su segunda venida, en cambio, no sabemos el día ni la hora. Esto no significa una ausencia de Jesús durante este tiempo, desde su Pascua él está presente de un modo nuevo, su presencia siempre es actual. No caminamos solos hacia “ese día”, él permanece y nos acompaña. Esta es la certeza de la fe, la fuerza y la raíz de la esperanza cristiana.

El evangelio de san Marcos nos habla de estar prevenidos durante este tiempo y lo hace en términos de vigilancia: “porque no saben cuándo llegará ..... No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos” (Mc. 13. 33-37). Lo seguro es que el Señor llega, no importa cuando, esto aleja todo temor apocalíptico sobre el fin del mundo, o un pensar que falta mucho. Podemos decir que hay diversas maneras de su venida hoy a nosotros, sea a través de su Palabra, de la Iglesia o los Sacramentos, como de esa otra presencia tan comprometida a través de nuestros hermanos más necesitados, de los pobres, con quienes él se ha identificado. También llegará en ese fin de nuestro caminar en el mundo y que tiene en la muerte su momento decisivo. El Señor llega, estad prevenidos.

El Evangelio presenta este llamado en términos de vigilancia. El estar vigilantes nos habla de una actitud atenta que sabe ver y descubrir su presencia. Lo que se opone al estar atentos es la indiferencia, el no dar valor a lo que me rodea o llega a mí. Para el que está atento toda la realidad adquiere el significado de un signo revelador de su presencia. Se opone al estar vigilantes el individualismo y el egoísmo que nos encierran en una burbuja que nos aísla y corta todo posibilidad de apertura al otro, en última instancia a Dios. Solo escucha el que está atento espiritualmente. Siempre recuerdo aquella palabra de la Biblia en la que el Señor nos dice: “Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos” (Ap. 3, 20).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
25 de noviembre de 2017 - Solemnidad de Cristo Rey PDF Imprimir E-mail

Bookmark and Share

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

Con la Solemnidad de Cristo Rey concluimos el año litúrgico y nos preparamos para iniciar el Adviento. El Reinado de Jesucristo tiene su ley en el amor y su expresión en el servicio a los más humildes y necesitados. Es el mismo Jesús quien quiso identificarse con ellos para mostrarnos el camino dónde encontrarlo y servirlo. Cuando los discípulos le preguntan: ¿dónde te vimos, Señor?, le respuesta de Jesús es clara: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt. 25, 31-46). Para comprender estas palabras necesitamos un corazón abierto que es el camino de la fe, que nos permitirá ver su significado y ordenar nuestra vida en el seguimiento de Jesús. El Evangelio no es un libro más, es un acontecimiento de encuentro con él.

Es importante afirmar que el Reino de Dios no es algo futuro al que esperamos llegar un día, sino algo actual. Es decir, hoy estoy llamado a vivir y a ser parte de este reinado de Jesucristo en mi mundo concreto, en mis relaciones. La vida cristiana, que tiene su fuente y modelo en Jesucristo, nos compromete a hacer de este mundo una realidad nueva inspirada en los valores del Reino. El primer ámbito de realización de este Reino está en el interior de cada uno de nosotros; esto nos habla de conversión y de una vida nueva, a la que deberíamos sentirnos llamados como a una vocación que surge del llamado y el encuentro con Cristo. Sabemos que esta batalla interior no es fácil, pero es el camino que nos presenta el Evangelio para iniciar un camino de conversión y transformación social.

Como vemos, el Reino de Dios no es el llamado a una paz interior que me aísla y preserva, sino el compromiso con su mensaje para hacerlo realidad en el mundo. El Reino de Dios necesita de testigos y servidores transparentes de la verdad que predican. Jesucristo realizó su obra redentora con el triunfo de su Pascua, y plantó la semilla de este Reino al cual nos invita para ser los protagonistas de un: “Reino de la verdad y la vida, Reino de la santidad y la gracia, Reino de justicia, del amor y la paz”, como dice la liturgia del día. Este Reinado de Dios no es una utopía sino una realidad que tiene sus raíces en la persona de Jesucristo, como él mismo le respondió a Pilatos: “Tú lo dices: yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz” (Jn. 18, 37). Celebremos con alegría y compromiso la Fiesta de Cristo Rey.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
18 de noviembre de 2017 - Responsabilidad de los talentos PDF Imprimir E-mail

Bookmark and Share

RESPONSABILIDAD DE LOS TALENTOS

Dentro de la igual dignidad de todo hombre percibimos una diversidad de talentos que no es injusta ni nos debe aislar, por el contrario, es una riqueza recibida que debe estar al servicio del bien común. Esta diversidad nos habla de una mayor responsabilidad, así lo vemos en la parábola de los talentos que hoy leemos en el evangelio. Jesucristo valora a aquellos que habiendo recibido cinco o dos talentos se encargaron de hacerlos producir, en cambio, critica a aquel que habiendo recibido uno solo lo esconde por temor a perderlo (cfr. Mt. 25, 14-30). Debemos conocer y respetar la igualdad de todo hombre que tiene su fuente en su misma dignidad humana, pero también saber reconocer la diversidad que no la niega, sino que la enriquece y compromete.

El talento recibido es un don y una tarea. Cuando esta relación se pierde, no se la asume con responsabilidad, se empobrece el hombre y la misma sociedad. El don recibido nunca debe quedarse encerrado en uno mismo, como algo para provecho propio, sino que debe definirse como una riqueza al servicio del otro, del bien común. El sabernos parte de una comunidad que me necesita es el principio de una sabiduría social que nos ayuda a superar los límites de nuestro pequeño mundo. Una cultura que pongo el acento solo en lo individual nos puede volver egoístas con lo que tenemos, y cerrarnos al encuentro con mis hermanos. Mis talentos pierden su horizonte de comunidad. Veo en estas actitudes la causa de muchas injusticias y violencia.

Siempre que hablamos de cuestiones en la que el hombre es el centro y el protagonista del bien en la sociedad, tenemos que hablar de la dimensión moral que tienen los valores que sostienen. Lo moral no es una cuestión subjetiva sin referencia a la vida social, es la fuente de un obrar virtuoso. A mayor talento, mayor responsabilidad. Esto requiere de una jerarquía de valores en los que la verdad, la justicia, la solidaridad, el respeto por la vida, el bien común tengan para el hombre un grado de exigencia que lo comprometa socialmente. El talento recibido nos habla de trabajo y fidelidad para hacerlos producir, en ello se opone a la pereza y la vagancia como a falta de compromiso con el deber asumido. Recrear una cultura del trabajo es parte de esta parábola de los talentos.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
Jornada Mundial de los Pobres PDF Imprimir E-mail

Bookmark and Share

jornada mundial de los pobres

1° Jornada Mundial de los Pobres
19/11/17
No amemos de Palabra, sino con obras (1Jn 3, 18)



El Santo Padre ha instituido la 1° Jornada Mundial de los Pobres que se celebra el domingo anterior a la Solemnidad de Cristo Rey, este año es el domingo 19 de noviembre. Lo hace como fruto del año de la Misericordia, y recordando también al beato Pablo VI cuando afirmaba: “los pobres pertenecen a la Iglesia por derecho propio”, y la obligan a la opción fundamental por ellos. Francisco nos habla de reaccionar ante una “cultura del descarte y el derroche”, que nos “disponga a compartir con los pobres cualquier acción de solidaridad, como signo de encuentro y de fraternidad”. La cercanía con el pobre es un claro testimonio de fidelidad al evangelio de Jesucristo que hizo de ellos sus preferidos, con quienes se ha identificado y desde quienes nos interpela. Para participar de esta Jornada les comparto el Mensaje de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina:

1. El Papa Francisco, como fruto del año de la Misericordia, ha invitado a toda la Iglesia a celebrar la 1ª Jornada Mundial de los Pobres, que se realizará el próximo domingo 19 de noviembre.
Su deseo es que “en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados.” [1] Será una oportunidad para desplegar actitudes evangélicas de misericordia, de cercanía, de escucha compasiva, mirada atenta, y compartir la oración y la alegría del amor de Dios por todos.
“Esta Jornada tiene como objetivo, en primer lugar, estimular a los creyentes a que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro, pero al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres con cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad” [2].
Los obispos argentinos alentamos y animamos a las comunidades, a las personas consagradas, a las asociaciones, a los movimientos y al amplio mundo del voluntariado, a disponer lo necesario para que esta Jornada se desarrolle como fiesta de la misericordia junto a los más pobres y a los que sufren.

La Palabra de Dios nos ilumina
2. Nuestra fe en Dios Padre y Creador nos lleva a ver en cada hombre a un hermano. Cristo, por su encarnación, está unido de algún modo a cada ser humano, y este vínculo fundamenta la fraternidad universal y la altísima dignidad de cada hombre y mujer. Esta realidad nos compromete a una cultura del encuentro, a la defensa y a la promoción de la dignidad de todos y a cooperar por una sociedad más justa.
Para esto, Jesús eligió el camino del despojo y de la humillación; ocultó su gloria en su vida pobre y en la oscuridad de su entrega, hasta la cruz. También hoy su gloria se mantiene oculta en la persona de los pobres y humillados, a los que sigue nombrando sus "más pequeños hermanos", como en la parábola del juicio final (Mt25,40). Nuestra fe reconoce así la sublime dignidad de los pobres, y su calidad de ser "sacramento” de su presencia.[3]
Mientras el mundo actual tiende a desentenderse del pobre y del débil, y busca expandir un consumismo que termina excluyendo a los que menos tienen, Jesús exige que los pobres sean evangelizados y que les llegue la “buena noticia” (cf. Is 61,1-2; Lc 4,18). Hoy una gran parte de nuestro pueblo es pobre: lo es en el interior del país como también en el cinturón de nuestras ciudades. Esta condición indigna se hace visible en la marginación económica, política y social, y también en la falta de un anuncio de fe que ilumine esas situaciones de carencia, de debilidad y de sufrimiento.
Como María de Nazareth es necesario proclamar que Dios y su acción operante en los creyentes es capaz de cambiar sistemas de desigualdad e inequidad (cf. Lc 1,51-53). En esta perspectiva, la realidad del pobre resulta evangélica porque abriga una esperanza continua de cambio y, es mariana, porque dispone a que Dios intervenga con su fuerza y su poder en este cambio.[4]

Los predilectos de Jesús
3. Jesús tuvo una predilección particular por los pobres y los que sufren (cf. Mt 25,31-46): necesitados de pan (cf. Jn 6,5s.), y también de sus palabras de vida (cf. Jn 6,68). Ellos tambén hoy nos estimulan y desafían al don, a la equidad y a la justicia. Escuchar sus clamores y compartir con ellos el camino de la vida y la fe, nos integran y nos hacen artífices de igualdad y fraternidad, experimentando el gusto espiritual de ser un solo pueblo.[5]
En este espíritu, la Iglesia anuncia la bienaventuranza de la pobreza como la virtud que hace descubrir el sentido de la austeridad ante los bienes y la riqueza.La pobreza evangélica impulsa a compartir con alegría lo que se es y lo que se posee, para retener sólo lo necesario. Es una propuesta de vida y un ejercicio de libertad de espíritu, como lo hicieron y hcen muchos cristianos inspirados en las palabras de Jesús (cf. Mt 5,3; cf. Lc 6,20).
Desde el evangelio se favorece siempre un «círculo virtuoso» entre una pobreza «que conviene elegir», y otra pobreza «que es preciso combatir»; y ésta es la pobreza sinónimo de miseria, con frecuencia resultado de injusticias y provocada por el egoísmo, que trae indigencia y hambre, y favorece los conflictos.[6]
El espíritu de pobreza anunciado y vivido por Jesús corrige dos desmesuras: la avaricia y el despilfarro. Inspira y libera nuestra capacidad solidaria y hace que cada ser humano resulte un dispensador de bienes. La vida es un don y no una propiedad, y debemos crecer en la capacidad de ser administradores de bienes que liberen el sufrimiento de tantos. Ser artífices de una justicia nueva empeña el trabajo y un esfuerzo especial de honestidad frente a la corrupción tan extendida.[7]
Vivir con alma de pobres hace hace visible en la comunión de lo que somos y tenemos. Así lo experimentaron las primeras comunidades cristianas, en las que se compartía la fe, la vida cotidiana y los bienes según las necesidades de cada uno (cf. Hch 2,42-47; 4,32-35; 5,12-16). Este espíritu de pobreza lleva a una felicidad que nace de la alegría de haber encontrado al Señor, que “siendo rico se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2Cor 8,9).

Hacia una acción eficaz
4. La dureza del momento presente y la autenticidad del compromiso exigen a todo bautizado realizar una acción eficaz de promoción de la justicia, de alivio del dolor y de una defensa de la real dignidad del pobre, del débil y del indefenso. Redescubrir el valor evangélico de la pobreza implica entonces opciones concretas de justicia y de solidaridad. En una patria dotada de todo tipo de recursos y posibilidades, la falta de coherencia de la fe y de vivir una solidaridad sostenida en el tiempo es en gran medida la causa de los niveles de miseria que mucha gente sufre.
El mensaje de justicia social del profeta Amós que denunciaba la insensibilidad de sus oyentes porque “no se afligen por el desastre su pueblo” (Am 6,7) es hoy muy actual; igual que la indiferencia del rico ante la indigencia de Lázaro en la parábola de Jesús (Lucas 16,19s.). Ese desinterés y frialdad por el que sufre, instaura en la tierra un sistema férreo de desigualdad.
En el Antiguo Testamento el sabio creyente oraba así: “Hay dos cosas que yo te pido, no me la niegues antes que muera: aleja de mí la falsedad y la mentira; no me des ni pobreza ni riqueza, dame la ración necesaria, no sea que, al sentirme satisfecho, reniegue y diga: «¿Quién es el Señor?», o que, siendo pobre, me ponga a robar y atente contra el nombre de mi Dios”(Prov 30,8-9). Esos fieles comprendieron que los bienes en esta tierra sirven si son útiles para vivir con armonía la relación con Dios y con el prójimo, que la riqueza acumulada como fin en sí resulta dañosa, pero que entendida como bien útil es un tesoro para bien del que las posee y para el bien común.

Para tener en cuenta
5. Para la celebración de la Jornada, el Papa Francisco nos invita a organizar “diversos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Podrán invitar a los pobres y a los voluntarios a participar juntos en la Eucaristía de ese domingo, de tal modo que se manifieste con más autenticidad la celebración de la Solemnidad de Cristo Rey del Universo, el domingo siguiente.” [8]
También nos recuerda que el “fundamento de las diversas iniciativas concretas que se llevarán a cabo durante esta Jornada será siempre la oración. No hay que olvidar que el Padre nuestro es la oración de los pobres. La petición del pan expresa la confianza en Dios sobre las necesidades básicas de nuestra vida.” [9]
Finalmente, nos pide a cada uno que “en ese domingo, si en nuestro vecindario viven pobres que solicitan protección y ayuda, acerquémonos a ellos: será el momento propicio para encontrar al Dios que buscamos. De acuerdo con la enseñanza de la Escritura (cf. Gn 18, 3-5; Hb 13,2), sentémoslos a nuestra mesa como invitados de honor; podrán ser maestros que nos ayuden a vivir la fe de manera más coherente. Con su confianza y disposición a dejarse ayudar, nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre.” [10]

Bajo la protección de la Virgen María
6. La Virgen María conoce la fuerza transformadora del amor y de la ternura. “María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura.”[11] El gesto sencillo, cotidiano, cercano y atento, con la dulzura de la preocupación por las necesidades del hermano, hacen posible una transformación que es propia del amor.
A ella le pedimos que esta Jornada sea una oportunidad para que crezca el compromiso de todos en el amor hacia los más pobres y que afiance el caminar de nuestra patria en la que todos nos sintamos y seamos sus artífices de la “cultura del encuentro”.


[1]PAPA FRANCISCO, Mensaje I Jornada Mundial de los pobres, Nº 6..
[2]Ídem
[3]CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA. Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización, Nº 27.
[4]Ídem, Nº 32.
[5]Cf. PAPA FRANCISCO, Evangelii gaudium, 268.
[6]Cf. PAPA BENEDICTO XVI, Verbum Domini, 107.
[7]Idem, Nº 57.
[8]PAPA FRANCISCO, Mensaje, cit.,Nº 7.
[9]Idem, Nº 8
[10]Idem, Nº 7
[11]PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, Nº 286.

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 Próximo > Fin >>

Página 6 de 115