Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
11 de noviembre de 2017 - Creo en la vida eterna PDF Imprimir E-mail

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CREO EN LA VITA ETERNA

Uno de los artículos del Credo es: Creo en la vida eterna. Es decir, creemos que nuestra vida no termina con la muerte sino que caminamos hacia un horizonte de eternidad. Esto significa que la vida del hombre tiene un destino trascendente. Es la fe la que nos da este conocimiento por el don de la sabiduría, que nos permite conocer de dónde venimos y hacia dónde vamos. La sabiduría no niega ni disminuye la inteligencia, sino que la eleva a un nivel de conocimiento que la ilumina y da sentido pleno al hombre. Este don de la fe, por el que se nos comunica la sabiduría, se apoya en la palabra de Jesucristo que es: “el iniciador y consumador de nuestra fe” (Heb. 12, 2). No podemos hacer de la fe un sentimiento subjetivo, ella se apoya y crece en algo objetivo que es Jesucristo.

El encuentro con Jesucristo no es, por ello, algo secundario para el hombre sino el comienzo de un camino que lo lleva a descubrir el sentido de su vida. Siempre recuerdo la experiencia de san Agustín, podríamos decir la de un buscador de la sabiduría de Dios, cuando en sus confesiones dice: “Mi corazón estuvo inquieto, Señor, hasta que no te encontró y descansó en Ti”. En el libro de la Sabiduría que leemos este domingo encontramos esta rica expresión del “buscador”: “La Sabiduría es luminosa…, se deja contemplar por quienes la aman, y encontrar por quienes la buscan” (Sab. 6, 12). Si bien el don es algo gratuito que no depende de nosotros, sin embargo, somos parte en cuanto a esa necesaria actitud de búsqueda de la verdad y del bien que nos abre a él.

Jesús, al hablarnos del término de nuestra vida en el mundo, nos dice: “Estén prevenidos, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt. 25, 13). Esta advertencia nos habla de una actitud de espera y preparación. No se trata de provocar miedo ante la muerte, sino de hablarnos de una verdad de nuestra vida y de la confianza en un Dios que es Padre y nos ha enviado a su Hijo, para que él sea nuestro Camino, Verdad y Vida. Esto es lo que lleva a san Pablo a tener una actitud confiada ante la muerte, porque ella ha sido vencida por Jesucristo, y nos abre a una vida que no conoce el ocaso de la muerte: “Cuando lo que es corruptible se revista de incorruptibilidad y lo que es mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra de la Escritura: La muerte ha sido vencida" (1 Cor. 25, 54).

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
04 de noviembre de 2017 - La autoridad es servicio PDF Imprimir E-mail

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LA AUTORIDAD ES SERVICIO

En el evangelio de este domingo escuchamos uno de los reproches mayores de Jesucristo, cuando habla de aquellos que utilizan sus lugares de autoridad, sea en provecho propio o para exigir de los demás esfuerzos que ellos no realizan. A ellos los llama “hipócritas”: “porque no hacen lo que dicen…..Todo lo hacen para que los vean…, les gusta ocupar los primeros puestos" (Mt. 23, 1-12). Visto, desde el Evangelio, estamos ante la perversión de algo que es necesario para la vida de una comunidad, me refiero a la autoridad, a las personas que están llamadas a ejercer una función noble al servicio del bien común. Función que debe tener una dimensión ejemplar en quienes la ejercen y reclama, por lo mismo, un testimonio de coherencia y transparencia.

Recuerdo aquella frase (atribuida a santo Tomás de Aquino): “corruptio optimi pessima est” (la corrupción de los mejores es la peor). Cuando aquel que ocupa un lugar de autoridad no vive ni tiene una conducta moral en el ejercicio del poder, se convierte en un elemento destructivo para la sociedad. Jesús no se queda solo en la crítica, sino que pone un principio que debe tener en cuenta quien ejerce la autoridad: “El más grande entre ustedes será el que los sirva, porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado” (Mt. 23, 11-12). No se niega la autoridad, pero la define en términos de servicio y humildad. No se trata de llegar para instalarse y ejercer el poder, sino para ponerse al servicio. La actitud de servicio purifica al poder.

Jesús no enseña solo con un buen discurso, nos da el ejemplo con su vida. Este sentido de la autoridad como servicio lo vemos claramente en su testimonio cuando después del lavarle los pies a los apóstoles en la última Cena, les dice: “¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor; y tienen razón, porque lo soy. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes." (Jn. 13, 12-15). Dirá lo mismo en otro contexto: “No he venido para ser servido, sino para servir” (Mt. 20, 28). Cuando el ejercicio de la autoridad se desconecta del marco moral de los valores y de la actitud de servicio, se degrada y termina siendo un elemento nocivo que empobrece el nivel de encuentro en la sociedad. El buen ejercicio de la autoridad necesita, por ello, de humildad para ejercerla y de sabiduría para ser justa.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
28 de octubre de 2017 - El mandamiento principal PDF Imprimir E-mail

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EL MANDAMIENTO PRINCIPAL

Gran parte de la enseñanza de Jesús se da en diálogos o respuestas a preguntas que le formulan. Este domingo la pregunta es acerca de cuál es el mandamiento más grande de la Ley, y Jesús responde: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mt. 22, 34-40). Partiendo de la primacía del mandamiento del amor a Dios, Jesús no lo separa del amor al prójimo. La primacía no significa separación, tampoco el unirlos igualdad. Cuando Dios ocupa su lugar todo se ordena y el hombre adquiere toda su dignidad.

Esta respuesta de Jesús es central para comprender el evangelio y la conducta que debemos seguir. Desde esa primacía de Dios debemos decir, inmediatamente, que la primera consecuencia es: todo hombre es mi hermano. Esta conciencia era tan clara en los primeros discípulos que no admitían separar la fe de las obras, como lo expresa Santiago: “Alguien podría objetar: Uno tiene la fe y otro, las obras. A ese habría que responderle: Muéstrame, si puedes, tu fe sin obras. Yo, en cambio, por medio de las obras, te demostraré mi fe” (Sant. 2, 18). Para Jesús el amor al hermano es un signo de nuestro discipulado y del amor a Dios. Así nos lo dice a modo de testamento: “En esto reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros” (Jn. 13, 35).

Para plasmar una sociedad más humana, más digna de la persona, nos dice el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia: “es necesario revalorizar el amor en la vida social –a nivel político, económico, cultural-, haciéndolo la norma constante y suprema de la acción” (n° 582). No se trata del amor como un sentimiento subjetivo sin referencia a la vida social, sino de una verdad que tiene su raíz en la condición del hombre como criatura de un Dios que es Padre de todos y nos lleva a descubrirnos como hermanos. La fe, como vemos, no nos aísla de la vida social ni nos encierra en un pequeño mundo religioso, por el contrario, nos ilumina y nos hace sentir responsables de la obra de Dios, en la que el hombre, especialmente el más necesitado, reclama nuestra palabra y nuestra presencia.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
21 de octubre de 2017 - El derecho y el límite de la autoridad PDF Imprimir E-mail

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EL DERECHO Y EL LÍMITE DE LA AUTORIDAD

El evangelio de este domingo nos presenta aquella maliciosa pregunta de los fariseos a Jesús sobre el derecho del César y la respuesta de Jesús: “Maestro… Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? Pero Jesús conociendo su malicia les dice: Muéstrenme la moneda con que pagan los impuestos. Y les preguntó: ¿De quién es esta figura y esta inscripción? Le respondieron del César. Jesús les dijo: Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios” (Mt. 22, 15-22). El Señor no acepta entrar en el juego malicioso de la pregunta, que buscaba enfrentarlo sea con el pueblo o con la autoridad.

Me parece oportuna la nota de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios a este texto, que lo asumo y se los comunico: “Dad al César… Esta contundente respuesta de Jesús, dice, reconoce la autoridad del César, pero al mismo tiempo le pone un límite: por encima de toda autoridad humana está la soberanía de Dios, a la que también el emperador está sometido. Este tiene derecho a reclamar los recursos indispensables para ejercer un buen gobierno. Pero cuando abusa de su poder y se excede en sus reclamos, atenta contra los derechos de Dios y es responsabilidad de todos hacer que prevalezca la voluntad divina, que se opone por principio al empleo de la violencia” (nota al versículo 21).

Es importante señalar que atentar contra los derechos de Dios no es solo no reconocerlo, es también atentar contra su obra creadora, que tiene en el hombre su cumbre y el sello de su dignidad. Este es un límite a toda autoridad. El respeto a los derechos de Dios es la garantía de la creación y de la dignidad del hombre. Cuando la autoridad, el Estado, se considera sujeto y dador de los derechos del hombre, está ocupando un lugar indebido. El Estado no es Dios. Es el hombre, creado a imagen de Dios, el sujeto de los derechos humanos al que la autoridad debe cuidar y servir. Recordemos las sabias palabras del Preámbulo de la Constitución cuando nos hablan de: “Dios como fuente de toda razón y justicia”. Dios no es un agregado, es la garantía del hombre y de la creación. El pecado de esta época es el pecado contra Dios Creador.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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