Mons. José María Arancedo - Desde el Evangelio
05 de mayo de 2018 - Ustedes son mis amigos PDF Imprimir E-mail

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USTEDES SON MIS AMIGOS

En este 6° domingo de Pascua Jesucristo nos abre la intimidad de su corazón y nos llama amigos: “Ustedes son mis amigos…nos dice, yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre” (Jn. 15, 15). Podríamos decir que Jesucristo achica la relación del hombre con Dios, instaura un nuevo modo de relacionarnos con él. Jesucristo ha sido enviado para revelarnos la cercanía de Dios. Este es uno de los misterios centrales de la fe cristiana, Dios se ha hecho hombre, se ha encarnado, ha asumido la condición humana para salvarla. Esto, sin embargo, no lo hace sin contar con nosotros. Dios se ha hecho hombre en Jesucristo, para que el hombre encuentre en él el sentido de su vida. El Concilio Vaticano II nos dice: “el misterio del hombre solo se ilumina a la luz de Jesucristo”.

Este camino de amistad con Jesucristo tiene una certeza y uno pasos que debemos estar dispuestos a transitar, no es algo mágico. La certeza es que él nos amó primero, es decir, hay algo que pone primero Dios: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes” (Jn. 15, 16). Es importante, sabernos amados y elegidos, ¿quiénes?, todos. Puede haber una elección para una misión especial, por ejemplo los apóstoles, pero en el ofrecimiento de esta amistad, todos estamos incluidos. Cuando no partimos de esta verdad de nuestra condición de criaturas, corremos el peligro de crear un dios a nuestra medida a quien, luego, pensamos que le obedecemos. El mejor camino para escucharlo a Dios es escucharlo a Jesucristo: “porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre”.

A esta primera certeza le deben seguir otros pasos. Les hablaría del discipulado, es decir, de una relación que se inicia en la escucha y va creando el clima necesario para ir creciendo en la amistad con el Señor. Si falta este proceso el encuentro puede ser pasajero, no tener profundidad. Hay una cultura del presente que nos puede aislar de un camino a seguir, que solo crea relaciones fugaces. El discipulado, en cambio, va profundizando la relación con el Señor, nos dispone a un camino que va echando raíces y tiene un futuro cierto. En este contexto, podremos escuchar y comprender lo que les termina diciendo: “yo los elegí….y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero” (Jn. 15, 16). El discipulado concluye en una misión que da sentido a la vida.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
28 de abril de 2018 - Permanecer en el Señor PDF Imprimir E-mail

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PERMANECER EN EL SEÑOR

El Señor nos presenta una de las parábolas más significativas y claras para expresar la vida de un cristiano. Todo gira en torno al encuentro y a la permanencia junto a él. La imagen que utiliza es la viña: “Yo soy la vid, dice, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer” (Jn. 15, 5). Como vemos, no se trata solo de una doctrina que debemos conocer sino de un encuentro que nos comunica su vida y está llamado a prolongarse en el tiempo. Este encuentro forma parte de la doctrina que él nos enseña, pero sin esta comunión de vida la doctrina carece de lo principal, puede quedar como una letra muerta.

La pregunta que nos debemos hacer es ¿dónde me encuentro hoy con Jesucristo?, o también, ¿cómo mantengo viva esa relación con él? Al cristianismo se lo conocía en los primeros siglos más que como una religión como un camino, que tenía su fuente y su esperanza en Jesucristo. Es decir, no era algo de un momento que pasa, sino una realidad permanente que nos acompaña y nos orienta hacia una plenitud de vida. Diríamos que no era un hoy sin mañana, sino un presente con horizonte de eternidad. Se vivía la certeza de la presencia viva de Jesucristo, de su Pascua, que se la celebraba cada domingo. Esta imagen de la vid y los sarmientos tiene en san Juan un profundo sentido sacramental. Podemos decir que su evangelio es el fundamento litúrgico de la vida de una comunidad.

Este permanecer con el Señor se inicia en la fe, se alimenta en su Palabra y se lo celebra en la Eucaristía. Hay una profunda relación entre Fe, Palabra y Eucaristía. En este sentido es muy claro el Concilio Vaticano II cuando nos habla de la eucaristía y la llama: “fuente y cumbre” de la vida cristiana. La Misa no es reunión social sino celebrar en comunidad la presencia actual de Jesucristo, en la que nos comunica su vida. Por ello, podemos decir, que una fe que no se celebra, que no hace memoria de lo que cree, termina quedando en una doctrina que va perdiendo esa savia que nos une a la vid, a Jesucristo. Cuando creemos en esto y vemos que la participación en la Misa dominical disminuye, es una señal que nos debe preocupar. Hay un esfuerzo muy grande en la catequesis que busca, precisamente, iniciar a la familia y al hijo, en la vida de una comunidad que celebra su fe.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Administrador Apostólico de Santa Fe de la Vera Cruz

 
21 de abril de 2018 - El buen pastor PDF Imprimir E-mail

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EL BUEN PASTOR

En este 4° domingo de Pascua, domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Si bien la vocación a la vida sacerdotal o consagrada es algo personal, ello no significa que sea algo privado, compromete a toda la Iglesia. Así les decía Jesús a sus discípulos: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha” (Mt. 9, 37-38). Esto nos habla de que la vocación tiene su fuente solo en Dios que es quien llama y a un joven mueve a seguir a su Hijo. Podemos decir que es Jesús el que nos dirige su palabra y nos muestra el camino para seguirlo. Escucharlo y tomar la decisión de seguirlo es un acto personal en la que toda la Iglesia está involucrada.

Esto significa que la vocación tiene en Jesucristo su fuente cercana y su modelo único. No podemos crear la vocación sacerdotal ni darle un contenido propio, la recibimos como un llamado y nos toca a nosotros hacerla realidad, darle vida desde el espíritu del Evangelio, pero con nuestra personalidad y en nuestra época. No se trata de imitar sino de encarnar la vida y el mensaje de Jesucristo sacerdote en el hoy de nuestra historia. Por ello, el sacerdocio es una vocación siempre nueva y actual porque está llamada a vivirse como una configuración a Cristo: “que es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre” (Heb. 13, 8). Es para el sacerdote un camino creativo de realización personal y eclesial.

La imagen que nos presenta Jesucristo y con la que él se identifica es la del Buen Pastor, a la que siempre debemos volver (Jn. 10, 11 -18). El Buen Pastor, nos dice, da su vida nadie se la quita, conoce a las ovejas, ellas lo conocen, las cuida, las alimenta, sana a las heridas…, por ello debemos decir que la vida del Pastor se identifica con su misión. Se trata de una vocación de entrega totalizante, en ello está su verdad, realización y alegría. Esto implica un claro discernimiento de la vocación, que no es algo “para un tiempo”, Jesús nos llama para siempre. Aquí vemos la importancia del Seminario como un tiempo de oración e intimidad con el Señor, de reflexión y libertad, de madurez humana, espiritual y eclesial. Toda la Iglesia está invitada a ser parte de este camino de Dios que se concretiza en cada joven que se siente llamado por el Señor para seguirlo.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
14 de abril de 2018 - Fiesta de Guadalupe PDF Imprimir E-mail

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FIESTA DE GUADALUPE

Como todos los años nos reunimos para celebrar a nuestra Madre y Patrona de Santa Fe, Nuestra Señora de Guadalupe. No es una Fiesta más para los santafesinos, es un momento de encuentro a los pies de su Santuario para renovar nuestro amor a María y fortalecer nuestra fe en Jesucristo. No podemos separarla de su Hijo, ella nos preguntaría por él y nos reclamaría que lo siguiéramos en nuestra vida. En este día queremos detener nuestra mirada en ella a quien venimos a agradecerle y a pedirle que nos siga acompañando. ¡Cuánta certeza nos da acercarnos a su Santuario para hablarle con la confianza de un hijo! Llegar a Guadalupe nos hace bien, sabemos que Ella nos espera y que tiene algo para decirnos en la intimidad de la oración.

Este año peregrinamos bajo el lema: Madre de Guadalupe, que seamos una Iglesia misionera. Le pedimos lo que nos pediría Jesucristo a cada uno de nosotros como miembros de su Iglesia. Ser cristiano es ser misionero, es decir, es ser alguien que ha recibido un mensaje y sabe que está llamado a comunicarlo. Una Iglesia que no viva la urgencia de evangelizar no es la Iglesia que quiso Jesucristo, no es una Iglesia “en salida” nos diría Francisco. Qué triste cuando el rostro de la Iglesia se va desdibujando en un grupo de personas que cumplen y se sienten satisfechas, pero han ido perdiendo el sentido del fervor misionero. Renovar este espíritu es una tarea permanente en la Iglesia que nos debe llevar a examinar nuestra fe en el compromiso con el proyecto de Jesucristo.

Este año nuestro peregrinar a Guadalupe adquiere un significado particular porque vamos a vivir en nuestra Patria momentos en lo que se va a definir el tema del aborto. No es un tema menor, debemos asumir una decisión clara. La defensa de la vida presenta una dimensión humana, científica y moral que nos compromete desde nuestra fe en un Dios creador, que nos manifestó en su Hijo, Jesucristo, el sentido pleno y la dignidad vinculante de toda vida humana desde su concepción y a lo largo de toda su existencia. Defendemos la vida de la madre y el hijo. El aborto nunca es una solución, siempre será un drama. Quiero volver a poner en este día a los pies de María Santísima, Nuestra Madre de Guadalupe, el cuidado de la vida en nuestra Patria.

Reciban de su obispo, junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

 
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